Por: Yanio Concepción

La misma tierra que un día maravilló a Cristóbal Colón hoy nos convoca a algo más profundo que la admiración, nos convoca a la acción. Su belleza no se hereda pasivamente se defiende, se cuida y se entrega intacta a quienes vienen después. Preservar su legado espiritual y ecológico es el compromiso de quienes tienen el privilegio de llamarla hogar.
El Santo Cerro no es solamente una elevación geográfica de la provincia de La Vega, es un símbolo religioso, histórico y cultural de la nación dominicana. Considerado Santuario Mariano y reserva histórica vinculada a los primeros años de la colonización, este lugar guarda parte esencial de la memoria de América y de la fe del pueblo dominicano.
La tradición histórica relata que en este lugar se levantó una gran cruz durante los primeros asentamientos españoles dirigidos por el Almirante Cristóbal Colón y posteriormente administrados por su hijo Bartolomé Colón, junto a María de Toledo. Con el paso de los siglos, el Santo Cerro se convirtió en uno de los espacios religiosos más importantes del país, asociado a la devoción de Nuestra Señora de las Mercedes y a los orígenes históricos de La Vega.
Hoy, sin embargo, esa montaña histórica enfrenta una de las agresiones ambientales más preocupantes de los últimos años. Los movimientos de tierra, la eliminación de cobertura vegetal y la apertura descontrolada de caminos han provocado erosión severa, inestabilidad de taludes y arrastre de sedimentos hacia comunidades cercanas. Informes técnicos recientes confirman la remoción casi total de la vegetación, la exposición directa del suelo y la ausencia de sistemas adecuados de drenaje pluvial. Las consecuencias ya son visibles: deslizamientos de tierra, daños a viviendas, obstrucción de drenajes, riesgos para familias y degradación progresiva del ecosistema.
El Comité de Rescate y Reforestación de Santo Cerro, junto a las autoridades, organizaciones comunitarias, religiosas, ambientales y sociales, tiene el deber moral y ciudadano de exigir acciones concretas e inmediatas. Defender el Santo Cerro es una responsabilidad histórica. Allí descansan siglos de memoria espiritual, cultural y patrimonial del pueblo dominicano. La comunidad tiene derecho a exigir reparación ambiental, protección legal y respeto por uno de los espacios más sagrados y emblemáticos de la República Dominicana.
Cuando una montaña histórica es destruida, no solo se pierde tierra y vegetación: también se pone en riesgo la memoria de un pueblo y el legado que debemos entregar a las futuras generaciones. Rescatar el Santo Cerro es proteger la fe, la historia y la vida de futuras generaciones.
